Visita a la madrasa Abul Qosim

El otro día un amigo que trabaja como guía turístico me recordó la existencia de la madrasa Abul Qosim, junto a la Asamblea Nacional, y me dijo que, a pesar de su importancia histórica, y de lo animada que es, muy pocos grupos de turistas se acercan a verla. Para mí tiene un significado especial porque fue la primera madrasa que visité por dentro en Uzbekistán, así que después de la conversación con mi amigo decidí acudir de nuevo, más de dos años después de la primera vez.

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Los orígenes de la madrasa se remontan al s.XVI, pero el edificio actual es más reciente. Se completó a mediados del s.XIX gracias al impulso del tal Abul Qosim, un ishan (eshon en uzbeco), o notable religioso de la ciudad, descendiente de un importante linaje de sheykhs sufíes. De hecho la primera gran reconstrucción de la madrasa ya la había empezado su padre en 1820. La parte más antigua del edificio data de esa época. Se trata del hânekâh (xonaqox en uzbeco), una especie de sala de estar para los derviches. Una lápida sobre su mihrab aporticado contiene una enigmática inscripción en árabe: “En este edificio tan sólido como una fortaleza se halla un delicado pelo del Profeta”. Y es que según una inveterada tradición en aquel emplazamiento se encontraba en tiempo antiguo un mechón de la poblada y legendaria barba de Mahoma. De hecho el hânekâh es conocido por el evocador nombre de “el del Sagrado Pelo”. Otra inscripción cercana incluye un verso secreto con el año de edificación de la madrasa: 1849.img_8937

Con respecto a la muerte del entrañable Abul Qosim circula otra leyenda interesante. Se cuenta que poco antes de su muerte, en julio de 1892, durante la oración del viernes el anciano clérigo predijo que muy pronto cesaría la epidemia de cólera que asolaba la ciudad. Parece que tan elaborada e improbable profecía se hizo realidad al poco de entregar Abul su alma a los cielos (por cierto, supuestamente a causa del mismo cólera), y no fueron pocos en la ciudad quienes lo señalaron como mártir e intercesor divino de los tashkentíes en esta peliaguda cuestión de salud pública. Por supuesto, con el espíritu beatífico del venerable eshon velando por la ciudadanía, a nadie se le ocurrió que las milagrosas curaciones tuvieran nada que ver con los programas higienistas que ya por aquel entonces había puesto en marcha el poder colonial ruso.

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Originariamente la madrasa formaba parte de un complejo mayor que incluía por lo menos una mezquita y unos baños públicos. El edificio actual cuenta con un iwan de dieciséis metros de altura y según la Enciclopedia de Tashkent el remate de los minaretes es del s.XVII.

En sus dos pisos hay más de sesenta celdas para los estudiantes, que en época del emblemático Abul Qosim llegaron a ser unos ciento cincuenta; así como varias aulas situadas estratégicamente en el piso inferior. A principios del s.XX estudió en una de estas aulas el aclamado escritor Abdullah Qodiriy, uno de los escritores centroasiáticos más influyentes de la primera mitad de siglo, aunque hoy en día no parece haber ninguna placa que lo recuerde. Según algunas fuentes también fue en dependencias de esta madrasa donde se firmó el tratado de anexión de la ciudad de Tashkent al Imperio Ruso en 1865. En 1919, tras el triunfo de la Revolución Bolchevique, se ordenó el cierre de la madrasa Abul Qosim, iniciándose así su lento deterioro. En 1940 colapsó el edificio del hammam y en 1981 la mezquita que se encontraba en su flanco izquierdo.

img_8938En 1982 comenzaron los trabajos de la más reciente restauración, al calor del nuevo zeitgeist que ya comenzaba a respirarse en aquella decadente URSS. La revitalización de las identidades nacionales (en el caso de Uzbekistán tal vez sin el prefijo “re-“) y de la herencia presoviética dejaba lugar a la reivindicación de espacios como este en otro tiempo abandonados. Sólo un año después, en 1983, fue declarada monumento histórico nacional en la República Socialista Soviética de Uzbekistán.

Sin embargo la madrasa no sólo había perdido parte de su forma y todo su contenido, también se había transformado irremediablemente su entorno original, el contexto que la dotaba de significado en el sistema urbano tashkentí. En su origen la madrasa ejercía de centro espiritual del llamado Barrio Nuevo (Yengi mahalla), que a pesar de su nombre era un distrito plenamente tradicional, con su enrevesado trazado de callejas irregulares y sus casas bajas orientadas al interior. Sin embargo, con la conslidación del poder ruso primero, y soviético después, poco a poco fueron desapareciendo los elementos circundantes que le daban sentido, empezando por los propios vecinos del barrio. En el momento de su declaración como monumento nacional la madrasa se hallaba enclavada entre el parque de las Juventudes Comunistas, y el Palacio de la Amistad de los Pueblos. Casi nada. El bueno de Abul Qosim debía de estar revolviéndose de tal modo en su tumba que seguro que no le faltaron ganas de derramar de nuevo el cólera sobre la ciudad.

El maestro Mirkhamid Mirsagatov (fuente: madrasa Abdulkasim en facebook)
El maestro Mirkhamid Mirsagatov (fuente: madrasa Abdulkasim en facebook)

Tras la independencia, en 1996, la madrasa se acogió a la fundación “Patrimonio de Oro” y se convirtió en Centro Nacional de Artes Aplicadas. Hoy la mayor parte de sus celdas están ocupadas por talleres de artesanos y almacenes. Bordadores, ebanistas, ceramistas, grabadores, miniaturistas… es fácil ver en acción a la flor y nata del arte aplicado uzbeco. Algunos de los maestros instalados en la madrasa Abdul Qosim son ganadores de premios nacionales y miembros de la Academia de Bellas Artes de Uzbekistán. En esta visita estuve charlando en la celda nº29 con el maestro miniaturista Mirkhamid Mirsagatov, quien entre otras cosas me habló de sus visitas a España y su admiración por el arte español.

El patio de la madrasa no es el más acogedor que haya visto en Uzbekistán, pero en el contexto de Tashkent proporciona una experiencia de refrescante sosiego que sin duda merece la pena venir a apreciar. Sentado sobre un topchan algo inestable, y en medio de un inverosímil trajín de artesanía que llena el aire de martilleos, repiqueteos, chasquidos, crujidos y algún que otro bramido cuasi-castrense dirigido a aprendices y subalternos, es difícil pero aún posible hacerse una idea de cómo debía ser aquel lugar en tiempos del ya legendario Abul Qosim, y es inevitable pensar, aunque sólo sea por unos segundos, en la vertiginosa transformación que vivieron estas remotas tierras en tan poco tiempo con la llegada de una modernidad que pocos, tal vez ni siquiera el propio Abul Qosim, imaginaron que llegaría a ser tan devastadora para el viejo orden.

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Feliz Navruz

Me acaba de decir un amigo un poco cursi que desde ayer por la noche el Navruz ha traído a los mahalla de Tashkent los embriagadores olores del osh y el sumalak.  

Si no ha entendido usted nada de lo anterior es posible que necesite un cursillo acelerado de introducción a Asia Central. Y es que tal vez usted no lo sepa, y puede que hasta le traiga sin cuidado, pero hoy se celebra en una parte nada desdeñable del mundo el llamado Año Nuevo persa, o sea, el equinoccio de primavera, también conocido por estos pagos como Navruz, Navro’z, Nevroz, Nauryz… y prácticamente cualquier otra combinación vocálica que pueda articular el aparato fonador de un homo sapiens con las consonantes n-r-z.

Aunque en Uzbekistán no hay tantos días de fiesta como en otros países de la zona (en Kazajistán por ejemplo tienen casi una semana de vacaciones), el Navruz se vive aquí de una manera muy intensa. Desde varias semanas antes los grandes paneles institucionales de comunicación social (llamémoslos así, a falta de otro término más sintético y menos controvertido) nos recuerdan la proximidad del acontecimiento, y nos desean no sólo una feliz fiesta, sino que cada día del año sea como Navruz.

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Durante mi primer año en Uzbekistán me dio la impresión de que esta fiesta tenía bastante más de oficial que de popular. Y es que prácticamente cada centro de trabajo, privado o público, organiza una celebración de Navruz durante algún día de esta semana. En el día grande, generalmente el 21 de marzo, tiene lugar una espectacular y colorida ceremonia en el Parque Nacional, retransmitida para todo el país y a la que asisten las más altas autoridades. Todo muy bonito, pero que me dejaba con la duda de si se hacía algo concreto en la intimidad del hogar.

Que cada día sea como Navruz
Que cada día sea como Navruz

Con el paso del tiempo me he podido comprobar que este Año Nuevo uzbeco (“Navruz” significa “nueva luz” en persa) también se celebra con bastante entusiasmo en el ámbito privado. Un paseo por los mahalla, los barrios tradicionales de la ciudad, nos ayuda a confirmarlo. Y no sólo en los mahalla. También los parques de los barrios más modernos cuentan con sus pequeñas fiestas de Navruz. La ubicua música nacional resonando en las callejuelas de la ciudad vieja ya nos pone sobre aviso, y no es difícil columbrar, a través de las puertas entreabiertas de las casas, el humo de los grandes calderos que en los patios miman el ineludible osh, el halim y el sumalak, delicias obligadas en toda fiesta de Navruz que se precie. Pero vayamos por partes.

El osh, que es como aquí se conoce al palov o plov, y para muchos cachondos hispanohablantes de esta región también “paella uzbeca”, es el plato estrella de la comida regional. Un día le dedicaré una entrada del blog porque lo merece. Por ahora baste saber que en Tashkent se hace con carne y grasa de cordero, dos tipos diferentes de zanahorias (la que conocemos en España y otra similar de color amarillo), cebolla, garbanzos, pasas, comino, cúrcuma y por supuesto toneladas de arroz, todo ello cocinado con raciones más que generosas de aceite de algodón.

Ceremonia nacional del Navruz en Tashkent
Ceremonia nacional del Navruz en Tashkent (fuente: uza.uz)

El halim es un plato de puchero, una especie de gachas con carne que, con multitud de variedades, se conoce en gran parte de Asia. En Uzbekistán se elabora con trigo y carne cocidos lentamente durante horas y horas hasta que adquiere una consistencia homogénea. Para el ojo desnudo y un poco finolis de alguien que como yo haya crecido comiendo cosas como fabada asturiana, lubina al horno y bollycaos, no nos engañemos, el halim no es el plato más atractivo que se pueda uno encontrar en este país. Su color marronáceo y su textura como de lenteja regurgitada no invitan precisamente a salivar. ¡Y sin embargo está buenísimo!. Es un plato sabroso y contundente, por desgracia difícil de encontrar en los restaurantes locales, ya que al parecer es una comida exclusiva de Navruz, un plato familiar que además requiere un tiempo de preparación exagerado.

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Un caballero pidiendo sus deseos ante el caldero de sumalak

Por último el sumalak, un potaje dulzón envuelto en el mayor de los misterios. Poca gente acertará a explicar en menos de una frase de qué está hecho, y eso que, según creo, sólo tiene tres ingredientes: agua, brotes de trigo y… piedras. El resultado no se parece en nada a lo que cualquier persona sensata imagina que surgirá al juntar ingredientes tan extravagantes. ¿La razón? Las miles de horas de cocción, que consiguen producir una pasta realmente densa y sorprendentemente dulce. El sumalak ha de hacerse muy pero que muy lentamente, meneándolo sin parar, y creo que es esta una de las magias del Navruz: la gente se reúne alrededor del fuego y de la gran olla. Niños, jóvenes y ancianos cantan, bailan, juegan, cuentan historias, dormitan, y remueven por turnos el brebaje con una gran pala mientras piden uno o varios deseos (mis anfitriones no se ponen de acuerdo en el número de deseos a los que da derecho el meneo del sumalak, yo por si acaso pido todos los míos y alguno más de prestado). El proceso está en todo momento vigilado de cerca por una mujer con aspecto de matriarca del Antiguo Testamento, que ejerce de maestra del sumalak y que sabe acceder con movimientos diestros de pala a los rincones más huidizos del gran caldero, para asegurarse de que nada se pierde por el camino. Juntando las brasas que va dejando el fuego del sumalak se asan en un rincón decenas de shashliks, las exquisitas brochetas centroasiáticas. Con la llegada del nuevo día, y tras largas horas de chupchupeo y desesperante reposo, el sumalak está listo para ser degustado. En el cuenco en que se sirve parece chocolate a la taza, pero al moverlo se nota un color más claro y algo brillante, con una textura ligeramente harinosa, casi tanto como nuestros ojos después de las largas horas de vigilia.

El sumalak ya listo para degustar
El sumalak ya listo para degustar

El sabor también sorprende: lo primero que se percibe es la crudeza del cereal (personalmente me encanta), seguido de un dulzor apabullante que sólo se puede explicar por los cientos de buenos deseos que se han vertido en él durante la cocción, ya que no tiene absolutamente ningún azúcar añadido. Se suele comer acompañado de pan y mucha gente le atribuye todo tipo de propiedades nutritivas y vigorizantes. La verdad es que yo no lo podré comprobar en mis propias carnes, porque aunque me agrada mucho su sabor he de dejar el cuenco en un rincón, empalagadísimo tras la tercera cucharada. En los días venideros todos los bazares de Tashkent tendrán un pequeño puesto de venta de sumalak, para quien no haya podido prepararlo en su casa y no tenga la suerte de que algún vecino le lleve uno o dos litros en una botella de coca-cola, como es costumbre. E incluso hoy en día, gracias a la tercera o cuarta Revolución Industrial, lo podemos encontrar en pequeñas dosis, pasteurizado, plastificado, convenientemente etiquetado y amontonado en los estantes frigoríficos de las grandes superficies, muy lejos ya del amable calor de aquella humilde hoguera de la que surgió como por arte de magia.

Por cierto, alguien avispado se preguntará para qué sirven las piedras. He oído explicaciones de lo más variopinto: que ayuda a que no se pegue, que el ruidito como de sonajero que producen al moverse dentro de la olla hace que la gente no se aburra de remover el potaje y se quede dormida, o incluso también que las piedras dan buena suerte a quien las encuentre sin romperse tres o cuatro muelas… Si alguien tiene una buena explicación para todo esto que hable ahora o que calle hasta el próximo Navruz.

 

 

 

Alisher Navoi, el teatro mestizo

Hace pocos meses tuvo lugar un acontecimiento de gran relevancia en la vida cultural tashkentí: la reapertura, tras varios años de renovación, del teatro de la ópera Alisher Navoi. Oficialmente Gran Teatro Académico Estatal Alisher Navoi, GABT por sus siglas rusas, lleva el nombre del gran poeta y sabio de la época timúrida, considerado modernamente el padre de la literatura uzbeca, y ubicuo padrino de todo cuanto sea apadrinable en el país, desde un teatro, hasta una avenida, pasando por una estación de metro, una biblioteca, un museo, una universidad, un aeropuerto, e incluso una ciudad entera.

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En 1966 el Alisher Navoi se convirtió en uno de los tres únicos teatros de toda la URSS en ostentar el rango de “Gran Teatro” (Bolshói), pero la historia de este templo de las artes escénicas se remonta a unos años antes, y empieza en un lugar no demasiado lírico…

El mercado de los borrachos

En los años 30 la ciudad contaba con dos troupes estables de ópera y ballet, una rusa y otra uzbeca, pero faltaba un escenario digno de una capital como Tashkent, que las autoridades soviéticas consideraban clave en la consolidación del socialismo entre los pueblos de Asia.

Para erigir el nuevo teatro se escogió el solar que había ocupado hasta 1932 el antiguo Mercado Dominical. Aquel mercado representaba un pequeño fracaso del proyecto “civilizador” que el estado zarista había emprendido en el Turquestán. Y es que Rusia se había propuesto, ya desde la conquista, hacer de Tashkent una ciudad de tipo europeo, o en palabras de los propios colonos, “crear Europa en el desierto”. Cada elemento urbano (iglesias, plazas, palacios, bancos, fuentes, mercados) de la nueva capital, debería recordar a la población local el poderío del Imperio ruso. El Mercado Dominical en concreto pretendía ofrecer un contraste inequívoco entre el orden y el racionalismo europeos por una parte, y el caos y la confusión del bazar tradicional por otro.

Con lo que no contaron los concienzudos planificadores zaristas fue con que la prosperidad del Turquestán iba a atraer a su capital a miles de campesinos rusos pobres, gentes de extracción muy humilde que terminaban hacinados en viviendas de ínfima calidad, y que proyectaban una imagen de Europa ligeramente diferente de esa culta e ilustrada que querían transmitir los propagandistas.

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El Mercado Dominical

El Mercado Dominical se convirtió en punto de reunión de todo tipo de lumpen de origen eslavo y pronto empezó a ser conocido como el “Mercado de los borrachos”, un lugar marcado por la prostitución, la pequeña delincuencia y las frecuentes reyertas que se producían entre la soldadesca zarista.

La elección de este lugar por parte de las autoridades soviéticas para erigir un nuevo teatro no fue pues en absoluto baladí. En 1932 se habían terminado de demoler los últimos pabellones que aún quedaban en pie, reafirmando de paso el monopolio estatal frente a los comerciantes privados. El viejo mercado, reminiscencia medieval, daría paso a un edificio icónico en una plaza amplia, símbolo de la ilustración cultural que aportaba la URSS. El teatro formaría parte además de un complejo urbano de mayor envergadura que, aunque no fue completado hasta años más tarde, incluía una plaza con una fuente monumental, un hotel (el hotel Tashkent, actual Lotte) y un centro comercial (el llamado TsUM a imagen del de Moscú). Un entorno urbano que subrayaría el carácter moderno de Tashkent. Aunque no lo visitasen nunca, los tashkentís reconocerían que aquel edificio representaba un logro de la arquitectura nacional soviética y que cumplía un papel muy importante en la vida cultural uzbeca de postguerra.

Nacimiento de la arquitectura “nacional” uzbeca

Según el primer proyecto el teatro iba a tener capacidad para 2500 espectadores, aunque durante la guerra el diseño se modificó hasta conformarse con unas dimensiones más modestas. La construcción comenzó en 1940, se paralizó en 1943 a causa de la conflicto y recibió el impulso definitivo entre 1945 y 1947.

El teatro seis años después de su inauguración
El teatro seis años después de su inauguración

Su arquitecto jefe, Alekséi Shchúsev, recibió por este teatro el premio Stalin, y en su momento fue considerado por ello el padre de la arquitectura nacional uzbeca, a pesar de ser moldavo. Cierto es que tampoco importaba mucho, pues a lo largo de los años Shchúsev se había especializado en ser padre de diversas arquitecturas nacionales de lo más variopinto. Suyos son, en Moscú, el edificio de la NKVD (la futura KGB), la estación de metro Komsomol y el hotel Moscú; en Leningrado firmó el observatorio Pulkovskaia; la Academia de las Ciencias de Kazajistán en Almaty, el Instituto Karl Marx de Tiblisi, y también le dio tiempo a ser profeta en su tierra, participando en el diseño de la estación de tren de Chisinau.

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Academia de las Ciencias de la RSS de Kazajistán, en Almaty

Del teatro Navoi se elogiaron sus formas clásicas, sus columnas frontales y laterales con arcos triunfales de medio punto, y el empleo de materiales locales, como el mármol de la base de las columnas, y los ladrillos amarillos fabricados en Uzbekistán por primera vez de forma industrial. Pero sobre todo se celebraron las seis salas que en su interior representaban las regiones con que por aquel entonces contaba la República Socialista de Uzbekistán: Tashkent, Samarcanda, Bujará, Corasmia, Fergana y Termez. Para su ejecución se empleó a los más reputados artesanos de cada zona, quienes pusieron en práctica las técnicas decorativas más características de sus respectivas regiones. Por ejemplo la sala de Bujará, diseñada por el maestro Shirin Muradov presenta unos delicados grabados en escayola y la sala de Corasmia (Jiva) cuenta con sus inconfundibles paneles de madera tallados.

Alekséi Shchúsev durante la construcción del teatro
Alekséi Shchúsev durante la construcción del teatro (fuente tashkent-info)

En la sala principal, unos grandes frescos de Chingiz Ahmarov ilustran poemas selectos de Alisher Navoi, y del techo pende amenazadora una araña de cristal de más de tres toneladas de peso.

Los miembros de la Unión de Arquitectos, tan críticos con otros proyectos, lo consideraron un éxito de la planificación soviética uzbeca. Según Vladimir Babievskii, prominente arquitecto de la época, el teatro representaba la “asimilación efectiva de la arquitectura tradicional uzbeca y la nueva construcción soviética”. Es decir, se había cumplido la máxima “nacional en la forma y socialista en el contenido”, que se supone debía inspirar la arquitectura a lo largo de toda la Unión, superando al viejo constructivismo de los primeros años de la URSS.

Algunas críticas

Pero aunque nos parezca extraño, en la férrea URSS tardo-estaliniana no todo era adhesión entusiasta. El gran teatro ganador del premio Stalin fue objeto de críticas por parte de prestigiosos arquitectos, como Veronika Voronina o Iakov Kornfeld, que se despacharon a gusto en las páginas de las principales revistas de arquitectura. Se le reprochaba su carácter “demasiado nacional”, sobre todo en el interior, donde la decoración dependía exclusivamente de elementos tradicionales uzbecos. Se criticaron también sus cuatro chapiteles rematados en cúpulas que recordaban demasiado a pequeños minaretes.

El maestro Shirin Muradov (fuente tashkent-info)
El maestro Shirin Muradov (fuente tashkent-info)

Voronina censuraba además la escasa monumentalidad del conjunto, y lamentaba que el teatro careciese de estatuas, falta que consideraba una sospechosa concesión a los “dogmas muertos del islam”. En su opinión la inclusión de esculturas con formas humanas habría servido de necesaria agitación.

Otros observadores más recientes no han sido tampoco muy benévolos. Colin Thubron destacó su “fachada sin encanto” y lamentó la desnaturalización de los motivos islámicos.

Prisioneros de guerra

Lo que pocos parecieron lamentar es el hecho de que el teatro fuese construido no sólo gracias a los artesanos uzbecos y a los albañiles rusos, sino también al trabajo esclavo de cientos de prisioneros de guerra japoneses, ex-combatientes del ejército de Kwantung, algunos de los cuales no tuvieron ocasión de regresar a su país y fallecieron en tierras uzbecas. Como gesto de reconciliación el primer ministro Shinzo Abe fue invitado a la nueva inauguración del teatro en 2015, y está prevista entre ambos países una futura colaboración en materia operística.

Repertorio variado    

El repertorio del teatro Alisher Navoi presenta una gran variedad de obras clásicas europeas y uzbecas, tanto de ópera como de ballet. En ópera Donizetti y Verdi se codean con Rustam Abdullayev y Tuhtasin Jalilov; y en ballet el Don Quijote de Minkus va mano a mano con el Amuleto de amor de Mukhtar Ashrafi. Esta misma semana por ejemplo los espectadores podrán disfrutar entre otras representaciones, del Lago de los cisnes, La Traviata y el Tahir y Zuhra de Jalilov. El Gran Teatro Alisher Navoi ha terminado siendo mestizo en la forma y en el contenido.

Fotos de gabt.uz

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Desde la ciudad de piedra

Para muchos visitantes europeos Tashkent es tan sólo una parada insustancial en el emocionante camino que los ha de conducir a Samarcanda, Jiva y a Bujará, las verdaderas joyas del Uzbekistán. Algunos de quienes logran superar el trauma de su aeropuerto oscuro y antipático se marchan de Tashkent con la impresión de que la ciudad es una capital insípida que no ofrece gran cosa al viajero: amplias avenidas, un mercado central colorido y bullicioso (como lo son todos en esta parte del mundo), y alguna que otra plaza monumental por la que parece que en cualquier momento se verá asomar una ceja de Leónidas Brezhnev, pero poco más.

Cuando llegué por primera vez a Tashkent hace más de dos años, junto a los ocho o nueve pares de mudas y a los dos kilos de chorizos de mi tierra, traía también en mi maleta esa opinión en forma de prejuicio: iba a vivir en una capital sin duda áspera y anodina, una megaurbe plomiza, desalmada. Acababa de pasar dos años en Estambul, ciudad a la que he dedicado bastantes entradas de mi otro blog, y por supuesto estaba convencido de que Tashkent no iba a resistir ni la más ligera comparación.

Me ha costado más de dos años desprenderme del todo de esa idea. A ello han contribuido sin duda los largos paseos que empecé a dar por toda la geografía tashkentí en las horas muertas: desde los mahalla más apartados hasta los (a veces falsos) mármoles del deslumbrante centro post-soviético. En ellos he ido descubriendo parques recónditos, concurridos santuarios, mezquitas abandonadas, museos diminutos y estrafalarios, mosaicos desconcertantes, y muchas otras sorpresas que me han hecho llegar a la conclusión de que Tashkent es una gran capital digna de mayor atención. Y han contribuido también a ello algunas lecturas sabrosas e ilustrativas: Paul Stronski, Philipp Meuser, Ella Maillart, la Enciclopedia de Tashkent… de los que espero hablar más adelante en este blog.

Y es que no todas las ciudades del mundo pueden preciarse de tener más de dos milenios de antigüedad, ni de haber sido a lo largo de la historia parte de los imperios persa, ruso, árabe, chino, turco, mongol y de alguno otro más de nombre impronunciable. Una ciudad que perteneció a tantas civilizaciones diferentes, y que consiguió ser insignificante para casi todas ellas. Probablemente la única ciudad que nadie ha osado nunca llamar “la París del Este”, ni la París de ningún sitio, aunque hubo quien intentó que fuese algo parecido a “la Moscú del Este”, embajadora del disciplinado mundo ruso-soviético en lo que se veía como un Oriente confuso y obsoleto. En los primeros años tras la delimitación soviética de Asia Central, Tashkent perdió su capitalidad en favor de la histórica Samarcanda, y a punto estuvo de convertirse en capital… ¡de Kazajistán! Una ciudad así no puede ser en absoluto convencional.

Los dos últimos factores que han terminado de abrirme los ojos a la belleza de Tashkent han sido, por una parte, el excéntrico humor tashkentí de mi amigo y compañero Rafa, probablemente el hispanohablante que mejor conoce la ciudad (y que es quien debería estar escribiendo este blog); y por otra el descubrimiento de la página Walking Almaty, dedicada a una ciudad hermana en la que también viví algún tiempo, y que me ha enseñado a “leer” correctamente muchos párrafos sueltos de este extraño pergamino que es Tashkent.

La toponimia de Uzbekistán me resulta escurridiza y un poco burlona: llaman mar a toda una región que es puro desierto, valle a una gran pradera en la que puedes cabalgar horas y horas sin ver nada ni remotamente parecido a una montaña, y su capital Tashkent, que en uzbeco significa “ciudad de piedra”, está hecha de puro ladrillo y hormigón. Desde esta ciudad de piedra que no lo es, me gustaría mostrar, en la medida que pueda, los atractivos, y también espero los insólitos recovecos, de una capital, un país y una región (en ese orden) que estoy convencido de que merecen más reconocimiento y consideración. Y la mía sospecho que será una mirada estupefacta, la mirada de un extranjero desconcertado que a pesar de los años apenas alcanza a entender determinadas situaciones y fenómenos (para lo cual no ayuda nada, lo admito, que mi conocimiento del uzbeco y del ruso siga después de tanto tiempo rozando lo lamentable). Espero que estas páginas que escribiré me sirvan también para comprender y conocer un poco mejor la ciudad en la que vivo, y que se vayan deslizando en ellas, en la medida de lo posible, algunos trazos de la vida cotidiana en este país tan singular.