Un deseo llamado tranvía

Parece que el tranvía ya es historia en Tashkent. Aunque el desmantelamiento de la extensa red de la ciudad se inició hace ya bastante tiempo, en las últimas semanas las autoridades municipales lo han acelerado considerablemente, con el cierre de las últimas líneas que aún funcionaban.

Plano del tranvía en Tashkent hasta 2015

Hace pocos días le tocó el turno a mi querida línea 9, la que estuve tomando varias veces a diario durante los primeros cuatro meses que pasé en Tashkent, y que llegué a considerar casi como un hogar ambulante. Llevaba tiempo queriendo dedicarle una entrada al tranvía, y al final, casi inesperadamente, me veo obligado a hacer un obituario.

El origen del tranvía en Tashkent se remonta a un lejano 1896, cuando las autoridades zaristas firmaron un contrato con la Société Générale de Belgique con el objeto de construir una red y fundar una compañía que la operase. En 1901 se inauguró la infraestructura con 11 km repartidos en dos líneas de tranvías tirados por caballos, que en su primer año de funcionamiento transportaron a más de un millón de pasajeros.

En 1907, la experiencia de ciudades como Kazan animó a los tashkentíes a implantar el tranvía eléctrico. La esperada puesta en funcionamiento tuvo lugar el 30 de diciembre de 1912, con una red de casi 27 km.

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En 1916, con el país en guerra, la compañía de tranvía contrató a varias decenas de conductoras, lo cual parece que fue motivo de asombro y desconcierto para muchos tashkentíes. Jeff Sahadeo recoge en su libro sobre Tashkent un artículo en la prensa local muy crítico con algunas conductoras que se dedicaban a flirtear con los soldados mientras trataban al resto del pasaje con evidente rudeza.

Tranvías en 1916

En vísperas de la entrada soviética en la Segunda Guerra Mundial, la red de tranvías en Tashkent contaba con 113 km, y tras el gran terremoto de 1966 conoció un nuevo impulso llegando a los 182 km.

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El tranvía, como después el metro, se habían convertido en una herramienta fundamental en la planificación urbana soviética, que debía favorecer un crecimiento en extensión, con grandes distritos alejados del centro pero bien conectados.

Fuente: transphoto.ru

En el momento del hundimiento de la URSS la red de tranvías de Tashkent superaba con creces los 200 km, y se había convertido en la única del país, tras el cierre de la de Samarcanda unos años antes. El sistema era altamente deficitario, y las facturas eléctricas que generaba se compensaban con los beneficios que proporcionaba la compañía estatal de taxis.

La independencia de Uzbekistán supuso el principio del fin para el tranvía en Tashkent. Los nuevos planificadores prefirieron centrarse en el desarrollo de la red de metro, probablemente por cuestiones de prestigio internacional, una ambición que se materializó con la apertura de la tercera línea en 2001, justo el mismo año en que se cerró una de las tres cocheras de la red de tranvías junto con varias de sus líneas.

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Tranvías en 1988. Foto: Bernhard Kussmagk. Fuente: Tashkent Retrospective

Sin embargo en 2009, a pesar de que había quedado reducida a tan solo siete líneas y 90 km, el ayuntamiento volvió a apostar por la red de tranvía, con la renovación parcial de la flota gracias a nuevos coches adquiridos en Rusia y la República Checa, un impulso a este medio de transporte que hace aún más incomprensible la decisión que se acaba de ejecutar estas semanas.

Y es que ha dicho el señor alcalde, en un alarde de sagacidad, que los tranvías son deficitarios y que estorban al tráfico rodado. Armado con estas poderosas razones ha decidido eliminar de un plumazo un medio de transporte con más de cien años de historia y decenas de miles de usuarios diarios, sin ofrecer, al menos por ahora, más alternativa que las ya congestionadas líneas de autobús y metro. Y eso a pesar de haber realizado una fuerte inversión en la mejora de la red hace apenas seis años.

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Tranvías en los años sesenta. Fuente: Old Tashkent

Dicen también las autoridades que la eliminación del tranvía permitirá ampliar muchas avenidas, crear más carriles para los coches, y que en realidad todo se enmarca en un proyecto más amplio que dotará a la ciudad de unas rondas de circunvalación como Dios manda. Vamos, que el futuro del transporte en esta ciudad es envidiable, aunque en ese futuro no haya sitio para el tranvía.

Lo cierto es que los efectos ya se empiezan a notar: en una ciudad donde eran muy raros los atascos, la súbita desaparición del tranvía (unido, todo sea dicho, a una proliferación exagerada de obras en ciertas zonas céntricas con vistas a la celebración de no sé qué acontecimiento internacional) está produciendo amagos de embotellamiento importantes en algunas arterias.

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Un tranvía frente al antiguo Hotel Moscú. Fuente: Tashkent Retrospective

Eso sí, a juzgar por la reacción que este desmantelamiento está teniendo en las redes sociales (no tanto en los medios de comunicación, a saber por qué), el tranvía no era sólo un medio de transporte más, sino que de alguna manera había llegado a convertirse en una seña de identidad de la ciudad.

En la memoria quedan ya los renqueantes y tan inequívocamente ochenteros Tatra 76B5 bajando embalados por la avenida Lutfiy, llenos hasta la bandera, parando a petición de los viandantes en cualquier lugar, sin importar si había o no parada oficial. Y también son cosa del pasado las repentinas y decididas incursiones de los conductores al techo del vehículo para reubicar algún pantógrafo díscolo o quién sabe qué otra reparación de urgencia. Muchos pronto echarán de menos su estrechez, el olor a goma quemada y ese calor extraño que desprendían misteriosamente algunos asientos de forma aparentemente aleatoria.

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Tranvía de la línea 17 iniciando su último viaje

¿Y qué decir de aquellos revisores de generosos volúmenes corporales que recorrían constantemente el vagón de un extremo a otro, abriéndose paso entre la apretada multitud gracias a unos insólitos y gráciles movimientos de panza cuyo secreto tal vez ahora se haya perdido para siempre?

Por cierto que esto me recuerda a lo que me contó un amigo un poco peliculero cuando vine a vivir a Tashkent. Me dijo que algunas noches se veía circular por ciertas calles un extraño tranvía solitario, un tranvía de un modelo muy antiguo, ya obsoleto. Sin ninguna luz en su interior ni ningún conductor visible, traqueteaba lentamente hasta perderse entre las brumas que a veces de madrugada cubren esta ciudad-oasis. Me dijo que quien se subía a aquel tranvía fantasmagórico no volvía a ser visto en el mundo de los vivos.

De ser cierta esta historia -yo tengo mis dudas- sospecho que a partir de ahora las ánimas de Tashkent se van a tener que buscar otro medio de transporte para sus correrías nocturnas. Siempre podrán sacarse un bonobús…

Tashkent 1912

Algunos enlaces  

Aviaria tashkentí

Esta entrada es fruto de una obsesión ornitológica que comenzó el día en que aterricé por primera vez en Asia Central. Nada más poner el pie en las calles de Almaty quedé cautivado por unos pajarillos parduzcos de una especie que nunca antes había visto, y que jugueteaban por doquier, como si no supiesen nada del jet-lag, ni del dolor de cabeza.

Ave simurgh custodiando el teatro Turkiston de Tashkent

Hasta aquel momento yo creía que en las ciudades sólo había tres tipos de aves: palomas, gorriones y gaviotas. Cuando era pequeño alguien se había tomado la molestia de enseñarme que las palomas son ratas voladoras, los gorriones ratones voladores y las gaviotas ya no me acuerdo cuál, pero creo que también eran la versión alada de un animal de más enjundia. La especie marronácea que acababa de descubrir en Asia Central trastocaba por completo aquella trinidad taxonómica que tan cuidadosamente había aprendido en la niñez.

Su garbo y desenvoltura (por cierto, a pesar de su jovialidad se llaman Acridotheres tristis), su delicado vuelo y el adorable trino que emitían justo antes de poner alas en polvorosa despertaron en mí una curiosidad febril por los vertebrados voladores de la región. Empecé a consultar en libros y páginas especializadas y al poco tiempo ya había aprendido un montón de cosas tan curiosas como inútiles. Descubrí que en la ciudad anidaba una variedad enorme de especies, cada una con sus hábitats preferidos, sus alimentos predilectos, su plumaje característico, sus apasionantes egagrópilas… Cuantas más aves descubría más aumentaba mi ansia por conocer al detalle su embriagador mundo volátil.

Escudo de Uzbekistán con el ave huma

Me enfrasqué tanto en el estudio de las aves, pasé tantas noches leyendo tratados ornitológicos de claro en claro, tantos días oteando el cielo de turbio en turbio, que del poco dormir y del mucho leer se me secó el cerebro. Que chiflé, vamos. Y no es que me diese por creer que podía volar, nada de eso. Lo que pasa es que fui atacado por una extraña forma de gripe aviar que me hacía ver pajaritos en los lugares más insospechados. Por las mañanas, a medida que amanecía, los desconchados del techo de mi habitación se transformaban en coloridos jilguerillos. La nata que flotaba en mi taza de café con leche se me figuraba la silueta de unos somormujos agazapados en busca de deliciosos crustáceos. Y así transcurrían mis días, imbricando espejismos pajariles en cada rincón por el que pasaba, en cada forma, en cada sombra…¡Hasta creí ver en la mirada torva de mi jefe los tiernos ojitos de un alimoche!

Arrenga común

Los delirios fueron en aumento hasta que hace escasas fechas, en una de esas noches plutónicas, a la luz del candil mi mirada se posó sobre el escudo de Uzbekistán. Y comprobé espantado que en él también había un ave, un ave que me escudriñaba amenazadora y que, revoloteando a mi alrededor, se fue a posar sobre el busto de Palas que hay en el dintel de mi puerta, en el que para mi sorpresa ya le esperaban el simurgh, el fénix, el pato Donald y no sé cuántas aves legendarias más. Juntas se pusieron a graznar en su áspero lenguaje una lúgubre misiva: si quería encontrar la paz debía dedicar una entrada entera del blog a los pajaritos de la ciudad. Y debía ser justo el 1 de abril, el famoso Día Internacional de las Aves que sólo se celebra en Uzbekistán. Así que me voy a poner a ello. Espero que funcione…

Lo cierto es que estamos ante un tema apasionante. De las 375 especies de aves salvajes que viven en Uzbekistán según la World Bird Data Base un buen puñado de decenas se dejan ver por Tashkent con relativa frecuencia.

Las aves más abundantes en miles de ciudades de los cinco continentes son sin duda las palomas, y aunque en Tashkent están presentes no son ni mucho menos las más numerosas.

Palomar militar en Tashkent. Foto: colección de Greenville Collins. Fuente: Tashkent Retrospective

Las dos especies más comunes son la paloma bravía (Columba livia) y la paloma torcaz (Columba palumbus). En muchos foros se preguntan por qué en Tashkent hay tan pocas palomas en comparación con otras ciudades. La razón, según algunos expertos, se encuentra en su caza masiva durante los años veinte. Parece ser que ser el símbolo internacional de la paz no iba muy acorde con el Zeitgeist de la temprana URSS.

Sin embargo lo que más llama la atención sobre las palomas en Uzbekistán no son las especies salvajes, sino las variedades domésticas que han ido desarrollando los colombófilos a lo largo de los siglos. En concreto son especialmente célebres las llamadas razas volteadoras, que son capaces de dar volteretas hacia atrás en el aire. Se cree que se originaron en el emirato de Bujará, a partir de razas provenientes de Persia. Con sus extravagantes crestas, copetes y penachos que llegan en ocasiones a ocultar sus ojos, sus flecos imposibles y sus buches hinchados, estas razas tienen un algo de retablo barroco que sólo puede desconcertar a los legos. Don Pantuflo Zapatilla se lo pasaría pipa en este país, pues la colombofilia en Uzbekistán cuenta con muchos adeptos y no faltan las publicaciones sobre la historia y las características de las razas locales. Como curiosidad, la raza de Tashkent aparece en la laureada película soviética “La paloma salvaje” (Чужая Белая и Рябой), de Sergei Solovyov.

Volteadora de Bujará. Fuente: gulbadam.uz

Junto a las palomas en Tashkent también aparecen otras especies urbanas emblemáticas, como el gorrión común (Passer domesticus), el gorrión molinero (Passer montanus, más propio de los suburbios y que se distingue del común por una manchita parda en su mejilla), o el carbonero común (Parus major).

Pero sin duda el rey de Tashkent, y de otras ciudades centroasiáticas por cierto, es el Acridotheres tristis que mencionábamos al principio de la entrada. Conocido popularmente como myna, o maina, y a veces también como estornino afgano, es una de las criaturas más reconocibles del paisaje tashkentí. Observándolos comer junto a palomas, gorriones y urracas es fácil darse cuenta de que es un ave extremadamente asustadiza. Al echar a volar muestra partes blancas de su plumaje normalmente ocultas y emite un levísimo trino característico que al parecer es una señal antidepredadores. .

Son originarias del sur de Asia, y ya aparecen profusamente mencionadas en la literatura sánscrita. Su capacidad de adaptación a diferentes entornos urbanos ha propiciado su rápida expansión por otros territorios, como Australia o Sudáfrica, donde se ha convertido en una especie invasora que amenaza la supervivencia de varias especies nativas. No me extrañaría que dentro de poco empezase a ser vista también en Europa.

Myna común. Foto: Donald Hobern

Otras especies que surcan los cielos de la capital uzbeca son el vencejo (Apus melba), el mochuelo europeo (Athene noctua), el cuco común (Cuculus canorus), o la urraca común (Pica pica), que junto con otros córvidos se deja ver mucho por las inmediaciones de los bazares. Recientemente se han instalado nidos en algunas zonas de la capital para facilitar la nidificación de algunas especies que se ha constatado que están desapareciendo, como el búho chico (Asio otus), el carbonero de Turquestán (Parus bokharensis), o la tórtola turca (Streptopelia decaocto).

Una de las especies más sorprendentes dentro del casco urbano es la gaviota centroasiática (Chroicocephalus brunnicephalus), que en ocasiones revolotea en las inmediaciones del canal Anhor.

En los alrededores de la ciudad no es infrecuente ver aves de nombres tan deslumbrantes como el alcaraván común (Burhinus oedicnemus), el autillo persa (Otus brucei), el avefría coliblanca (Vanellus leucurus), el avetorillo común (Ixobrychus minutus), el gavilán chikra (Accipiter badius), el chorlitejo mongol (Charadrius leschenaultii), la ganga ortega (Pterocles orientalis), o el somormujo lavanco (Podiceps cristatus). La grulla siberiana (Grus leucogeranus), una de las aves más amenazadas del continente asiático, ha sido vista también en las inmediaciones de Tashkent.

Por lo que respecta a las aves domésticas, aparte de la antiquísima afición a las palomas, también convendría alertar de que no es infrecuente ver desfilar por las calles de muchos mahalla a gallinas, ocas y patos, a veces con una dignidad que para sí quisieran ciertos secretarios de ayuntamiento. Normalmente estas aves de corral se suelen adquirir en los alrededores del bazar Farhadski, y sobre todo en el mercado de los pájaros, que se acaba de mudar al bazar de Qora Qamish.

Simurgh en la fachada de la madrasa de Nadir Divan-begi, en Bujará

Pero no sólo son aves de pluma y hueso las que pueblan los suelos y los cielos de Tashkent. Las aves legendarias también tienen su morada en la ciudad. No en vano el padre de las letras uzbecas, Alisher Navoiy, es autor de una espléndida obra llamada “La lengua de los pájaros”, una versión de un clásico de la literatura persa, el Mantiq ut-Tayr o “Coloquio de los pájaros” de Attar de Nishapur. La obra muestra a los pájaros en el momento de reunirse para elegir a su rey. La abubilla, la más inteligente, decide que han de ir a buscar a la mítica ave simurgh.

Simurghs escoltando al literato Hamid Olimjon

Cada pájaro simboliza un vicio humano, y cuando por fin llegan al lugar donde habita el simurgh, lo único que ven es su rostro reflejado en un lago.

Muy relacionado (a veces incluso identificado) con el simurgh es el llamado ave huma, emparentada también con nuestra más familiar ave fénix. El huma fue elegido como figura central en el escudo de la República de Uzbekistán, como símbolo de libertad e independencia (por cierto, el escudo de Kazajistán también contiene un ave por razones similares).

Y para terminar, si hablamos de símbolos, no podemos dejar de hablar de otro pájaro utilizado como símbolo: las tres cigueñas (Ciconia ciconia) que aparecen en el monumento Ezgulik a la entrada de la plaza de la Independencia, y que con su vuelo entrelazado simbolizan la paz duradera. La misma paz que espero conseguir yo ahora que por fin he terminado esta entrada.

Mercado de las aves de Tashkent

 

Simurgh en un mosaico del distrito de Chilanzar

 

Cigüeñas y palomas nutren la moderna imaginería nacional

 

Visita a la madrasa Abul Qosim

El otro día un amigo que trabaja como guía turístico me recordó la existencia de la madrasa Abul Qosim, junto a la Asamblea Nacional, y me dijo que, a pesar de su importancia histórica, y de lo animada que es, muy pocos grupos de turistas se acercan a verla. Para mí tiene un significado especial porque fue la primera madrasa que visité por dentro en Uzbekistán, así que después de la conversación con mi amigo decidí acudir de nuevo, más de dos años después de la primera vez.

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Los orígenes de la madrasa se remontan al s.XVI, pero el edificio actual es más reciente. Se completó a mediados del s.XIX gracias al impulso del tal Abul Qosim, un ishan (eshon en uzbeco), o notable religioso de la ciudad, descendiente de un importante linaje de sheykhs sufíes. De hecho la primera gran reconstrucción de la madrasa ya la había empezado su padre en 1820. La parte más antigua del edificio data de esa época. Se trata del hânekâh (xonaqox en uzbeco), una especie de sala de estar para los derviches. Una lápida sobre su mihrab aporticado contiene una enigmática inscripción en árabe: “En este edificio tan sólido como una fortaleza se halla un delicado pelo del Profeta”. Y es que según una inveterada tradición en aquel emplazamiento se encontraba en tiempo antiguo un mechón de la poblada y legendaria barba de Mahoma. De hecho el hânekâh es conocido por el evocador nombre de “el del Sagrado Pelo”. Otra inscripción cercana incluye un verso secreto con el año de edificación de la madrasa: 1849.img_8937

Con respecto a la muerte del entrañable Abul Qosim circula otra leyenda interesante. Se cuenta que poco antes de su muerte, en julio de 1892, durante la oración del viernes el anciano clérigo predijo que muy pronto cesaría la epidemia de cólera que asolaba la ciudad. Parece que tan elaborada e improbable profecía se hizo realidad al poco de entregar Abul su alma a los cielos (por cierto, supuestamente a causa del mismo cólera), y no fueron pocos en la ciudad quienes lo señalaron como mártir e intercesor divino de los tashkentíes en esta peliaguda cuestión de salud pública. Por supuesto, con el espíritu beatífico del venerable eshon velando por la ciudadanía, a nadie se le ocurrió que las milagrosas curaciones tuvieran nada que ver con los programas higienistas que ya por aquel entonces había puesto en marcha el poder colonial ruso.

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Originariamente la madrasa formaba parte de un complejo mayor que incluía por lo menos una mezquita y unos baños públicos. El edificio actual cuenta con un iwan de dieciséis metros de altura y según la Enciclopedia de Tashkent el remate de los minaretes es del s.XVII.

En sus dos pisos hay más de sesenta celdas para los estudiantes, que en época del emblemático Abul Qosim llegaron a ser unos ciento cincuenta; así como varias aulas situadas estratégicamente en el piso inferior. A principios del s.XX estudió en una de estas aulas el aclamado escritor Abdullah Qodiriy, uno de los escritores centroasiáticos más influyentes de la primera mitad de siglo, aunque hoy en día no parece haber ninguna placa que lo recuerde. Según algunas fuentes también fue en dependencias de esta madrasa donde se firmó el tratado de anexión de la ciudad de Tashkent al Imperio Ruso en 1865. En 1919, tras el triunfo de la Revolución Bolchevique, se ordenó el cierre de la madrasa Abul Qosim, iniciándose así su lento deterioro. En 1940 colapsó el edificio del hammam y en 1981 la mezquita que se encontraba en su flanco izquierdo.

img_8938En 1982 comenzaron los trabajos de la más reciente restauración, al calor del nuevo zeitgeist que ya comenzaba a respirarse en aquella decadente URSS. La revitalización de las identidades nacionales (en el caso de Uzbekistán tal vez sin el prefijo “re-“) y de la herencia presoviética dejaba lugar a la reivindicación de espacios como este en otro tiempo abandonados. Sólo un año después, en 1983, fue declarada monumento histórico nacional en la República Socialista Soviética de Uzbekistán.

Sin embargo la madrasa no sólo había perdido parte de su forma y todo su contenido, también se había transformado irremediablemente su entorno original, el contexto que la dotaba de significado en el sistema urbano tashkentí. En su origen la madrasa ejercía de centro espiritual del llamado Barrio Nuevo (Yengi mahalla), que a pesar de su nombre era un distrito plenamente tradicional, con su enrevesado trazado de callejas irregulares y sus casas bajas orientadas al interior. Sin embargo, con la conslidación del poder ruso primero, y soviético después, poco a poco fueron desapareciendo los elementos circundantes que le daban sentido, empezando por los propios vecinos del barrio. En el momento de su declaración como monumento nacional la madrasa se hallaba enclavada entre el parque de las Juventudes Comunistas, y el Palacio de la Amistad de los Pueblos. Casi nada. El bueno de Abul Qosim debía de estar revolviéndose de tal modo en su tumba que seguro que no le faltaron ganas de derramar de nuevo el cólera sobre la ciudad.

El maestro Mirkhamid Mirsagatov (fuente: madrasa Abdulkasim en facebook)
El maestro Mirkhamid Mirsagatov (fuente: madrasa Abdulkasim en facebook)

Tras la independencia, en 1996, la madrasa se acogió a la fundación “Patrimonio de Oro” y se convirtió en Centro Nacional de Artes Aplicadas. Hoy la mayor parte de sus celdas están ocupadas por talleres de artesanos y almacenes. Bordadores, ebanistas, ceramistas, grabadores, miniaturistas… es fácil ver en acción a la flor y nata del arte aplicado uzbeco. Algunos de los maestros instalados en la madrasa Abdul Qosim son ganadores de premios nacionales y miembros de la Academia de Bellas Artes de Uzbekistán. En esta visita estuve charlando en la celda nº29 con el maestro miniaturista Mirkhamid Mirsagatov, quien entre otras cosas me habló de sus visitas a España y su admiración por el arte español.

El patio de la madrasa no es el más acogedor que haya visto en Uzbekistán, pero en el contexto de Tashkent proporciona una experiencia de refrescante sosiego que sin duda merece la pena venir a apreciar. Sentado sobre un topchan algo inestable, y en medio de un inverosímil trajín de artesanía que llena el aire de martilleos, repiqueteos, chasquidos, crujidos y algún que otro bramido cuasi-castrense dirigido a aprendices y subalternos, es difícil pero aún posible hacerse una idea de cómo debía ser aquel lugar en tiempos del ya legendario Abul Qosim, y es inevitable pensar, aunque sólo sea por unos segundos, en la vertiginosa transformación que vivieron estas remotas tierras en tan poco tiempo con la llegada de una modernidad que pocos, tal vez ni siquiera el propio Abul Qosim, imaginaron que llegaría a ser tan devastadora para el viejo orden.

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Feliz Navruz

Me acaba de decir un amigo un poco cursi que desde ayer por la noche el Navruz ha traído a los mahalla de Tashkent los embriagadores olores del osh y el sumalak.  

Si no ha entendido usted nada de lo anterior es posible que necesite un cursillo acelerado de introducción a Asia Central. Y es que tal vez usted no lo sepa, y puede que hasta le traiga sin cuidado, pero hoy se celebra en una parte nada desdeñable del mundo el llamado Año Nuevo persa, o sea, el equinoccio de primavera, también conocido por estos pagos como Navruz, Navro’z, Nevroz, Nauryz… y prácticamente cualquier otra combinación vocálica que pueda articular el aparato fonador de un homo sapiens con las consonantes n-r-z.

Aunque en Uzbekistán no hay tantos días de fiesta como en otros países de la zona (en Kazajistán por ejemplo tienen casi una semana de vacaciones), el Navruz se vive aquí de una manera muy intensa. Desde varias semanas antes los grandes paneles institucionales de comunicación social (llamémoslos así, a falta de otro término más sintético y menos controvertido) nos recuerdan la proximidad del acontecimiento, y nos desean no sólo una feliz fiesta, sino que cada día del año sea como Navruz.

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Durante mi primer año en Uzbekistán me dio la impresión de que esta fiesta tenía bastante más de oficial que de popular. Y es que prácticamente cada centro de trabajo, privado o público, organiza una celebración de Navruz durante algún día de esta semana. En el día grande, generalmente el 21 de marzo, tiene lugar una espectacular y colorida ceremonia en el Parque Nacional, retransmitida para todo el país y a la que asisten las más altas autoridades. Todo muy bonito, pero que me dejaba con la duda de si se hacía algo concreto en la intimidad del hogar.

Que cada día sea como Navruz
Que cada día sea como Navruz

Con el paso del tiempo me he podido comprobar que este Año Nuevo uzbeco (“Navruz” significa “nueva luz” en persa) también se celebra con bastante entusiasmo en el ámbito privado. Un paseo por los mahalla, los barrios tradicionales de la ciudad, nos ayuda a confirmarlo. Y no sólo en los mahalla. También los parques de los barrios más modernos cuentan con sus pequeñas fiestas de Navruz. La ubicua música nacional resonando en las callejuelas de la ciudad vieja ya nos pone sobre aviso, y no es difícil columbrar, a través de las puertas entreabiertas de las casas, el humo de los grandes calderos que en los patios miman el ineludible osh, el halim y el sumalak, delicias obligadas en toda fiesta de Navruz que se precie. Pero vayamos por partes.

El osh, que es como aquí se conoce al palov o plov, y para muchos cachondos hispanohablantes de esta región también “paella uzbeca”, es el plato estrella de la comida regional. Un día le dedicaré una entrada del blog porque lo merece. Por ahora baste saber que en Tashkent se hace con carne y grasa de cordero, dos tipos diferentes de zanahorias (la que conocemos en España y otra similar de color amarillo), cebolla, garbanzos, pasas, comino, cúrcuma y por supuesto toneladas de arroz, todo ello cocinado con raciones más que generosas de aceite de algodón.

Ceremonia nacional del Navruz en Tashkent
Ceremonia nacional del Navruz en Tashkent (fuente: uza.uz)

El halim es un plato de puchero, una especie de gachas con carne que, con multitud de variedades, se conoce en gran parte de Asia. En Uzbekistán se elabora con trigo y carne cocidos lentamente durante horas y horas hasta que adquiere una consistencia homogénea. Para el ojo desnudo y un poco finolis de alguien que como yo haya crecido comiendo cosas como fabada asturiana, lubina al horno y bollycaos, no nos engañemos, el halim no es el plato más atractivo que se pueda uno encontrar en este país. Su color marronáceo y su textura como de lenteja regurgitada no invitan precisamente a salivar. ¡Y sin embargo está buenísimo!. Es un plato sabroso y contundente, por desgracia difícil de encontrar en los restaurantes locales, ya que al parecer es una comida exclusiva de Navruz, un plato familiar que además requiere un tiempo de preparación exagerado.

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Un caballero pidiendo sus deseos ante el caldero de sumalak

Por último el sumalak, un potaje dulzón envuelto en el mayor de los misterios. Poca gente acertará a explicar en menos de una frase de qué está hecho, y eso que, según creo, sólo tiene tres ingredientes: agua, brotes de trigo y… piedras. El resultado no se parece en nada a lo que cualquier persona sensata imagina que surgirá al juntar ingredientes tan extravagantes. ¿La razón? Las miles de horas de cocción, que consiguen producir una pasta realmente densa y sorprendentemente dulce. El sumalak ha de hacerse muy pero que muy lentamente, meneándolo sin parar, y creo que es esta una de las magias del Navruz: la gente se reúne alrededor del fuego y de la gran olla. Niños, jóvenes y ancianos cantan, bailan, juegan, cuentan historias, dormitan, y remueven por turnos el brebaje con una gran pala mientras piden uno o varios deseos (mis anfitriones no se ponen de acuerdo en el número de deseos a los que da derecho el meneo del sumalak, yo por si acaso pido todos los míos y alguno más de prestado). El proceso está en todo momento vigilado de cerca por una mujer con aspecto de matriarca del Antiguo Testamento, que ejerce de maestra del sumalak y que sabe acceder con movimientos diestros de pala a los rincones más huidizos del gran caldero, para asegurarse de que nada se pierde por el camino. Juntando las brasas que va dejando el fuego del sumalak se asan en un rincón decenas de shashliks, las exquisitas brochetas centroasiáticas. Con la llegada del nuevo día, y tras largas horas de chupchupeo y desesperante reposo, el sumalak está listo para ser degustado. En el cuenco en que se sirve parece chocolate a la taza, pero al moverlo se nota un color más claro y algo brillante, con una textura ligeramente harinosa, casi tanto como nuestros ojos después de las largas horas de vigilia.

El sumalak ya listo para degustar
El sumalak ya listo para degustar

El sabor también sorprende: lo primero que se percibe es la crudeza del cereal (personalmente me encanta), seguido de un dulzor apabullante que sólo se puede explicar por los cientos de buenos deseos que se han vertido en él durante la cocción, ya que no tiene absolutamente ningún azúcar añadido. Se suele comer acompañado de pan y mucha gente le atribuye todo tipo de propiedades nutritivas y vigorizantes. La verdad es que yo no lo podré comprobar en mis propias carnes, porque aunque me agrada mucho su sabor he de dejar el cuenco en un rincón, empalagadísimo tras la tercera cucharada. En los días venideros todos los bazares de Tashkent tendrán un pequeño puesto de venta de sumalak, para quien no haya podido prepararlo en su casa y no tenga la suerte de que algún vecino le lleve uno o dos litros en una botella de coca-cola, como es costumbre. E incluso hoy en día, gracias a la tercera o cuarta Revolución Industrial, lo podemos encontrar en pequeñas dosis, pasteurizado, plastificado, convenientemente etiquetado y amontonado en los estantes frigoríficos de las grandes superficies, muy lejos ya del amable calor de aquella humilde hoguera de la que surgió como por arte de magia.

Por cierto, alguien avispado se preguntará para qué sirven las piedras. He oído explicaciones de lo más variopinto: que ayuda a que no se pegue, que el ruidito como de sonajero que producen al moverse dentro de la olla hace que la gente no se aburra de remover el potaje y se quede dormida, o incluso también que las piedras dan buena suerte a quien las encuentre sin romperse tres o cuatro muelas… Si alguien tiene una buena explicación para todo esto que hable ahora o que calle hasta el próximo Navruz.

 

 

 

Alisher Navoi, el teatro mestizo

Hace pocos meses tuvo lugar un acontecimiento de gran relevancia en la vida cultural tashkentí: la reapertura, tras varios años de renovación, del teatro de la ópera Alisher Navoi. Oficialmente Gran Teatro Académico Estatal Alisher Navoi, GABT por sus siglas rusas, lleva el nombre del gran poeta y sabio de la época timúrida, considerado modernamente el padre de la literatura uzbeca, y ubicuo padrino de todo cuanto sea apadrinable en el país, desde un teatro, hasta una avenida, pasando por una estación de metro, una biblioteca, un museo, una universidad, un aeropuerto, e incluso una ciudad entera.

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En 1966 el Alisher Navoi se convirtió en uno de los tres únicos teatros de toda la URSS en ostentar el rango de “Gran Teatro” (Bolshói), pero la historia de este templo de las artes escénicas se remonta a unos años antes, y empieza en un lugar no demasiado lírico…

El mercado de los borrachos

En los años 30 la ciudad contaba con dos troupes estables de ópera y ballet, una rusa y otra uzbeca, pero faltaba un escenario digno de una capital como Tashkent, que las autoridades soviéticas consideraban clave en la consolidación del socialismo entre los pueblos de Asia.

Para erigir el nuevo teatro se escogió el solar que había ocupado hasta 1932 el antiguo Mercado Dominical. Aquel mercado representaba un pequeño fracaso del proyecto “civilizador” que el estado zarista había emprendido en el Turquestán. Y es que Rusia se había propuesto, ya desde la conquista, hacer de Tashkent una ciudad de tipo europeo, o en palabras de los propios colonos, “crear Europa en el desierto”. Cada elemento urbano (iglesias, plazas, palacios, bancos, fuentes, mercados) de la nueva capital, debería recordar a la población local el poderío del Imperio ruso. El Mercado Dominical en concreto pretendía ofrecer un contraste inequívoco entre el orden y el racionalismo europeos por una parte, y el caos y la confusión del bazar tradicional por otro.

Con lo que no contaron los concienzudos planificadores zaristas fue con que la prosperidad del Turquestán iba a atraer a su capital a miles de campesinos rusos pobres, gentes de extracción muy humilde que terminaban hacinados en viviendas de ínfima calidad, y que proyectaban una imagen de Europa ligeramente diferente de esa culta e ilustrada que querían transmitir los propagandistas.

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El Mercado Dominical

El Mercado Dominical se convirtió en punto de reunión de todo tipo de lumpen de origen eslavo y pronto empezó a ser conocido como el “Mercado de los borrachos”, un lugar marcado por la prostitución, la pequeña delincuencia y las frecuentes reyertas que se producían entre la soldadesca zarista.

La elección de este lugar por parte de las autoridades soviéticas para erigir un nuevo teatro no fue pues en absoluto baladí. En 1932 se habían terminado de demoler los últimos pabellones que aún quedaban en pie, reafirmando de paso el monopolio estatal frente a los comerciantes privados. El viejo mercado, reminiscencia medieval, daría paso a un edificio icónico en una plaza amplia, símbolo de la ilustración cultural que aportaba la URSS. El teatro formaría parte además de un complejo urbano de mayor envergadura que, aunque no fue completado hasta años más tarde, incluía una plaza con una fuente monumental, un hotel (el hotel Tashkent, actual Lotte) y un centro comercial (el llamado TsUM a imagen del de Moscú). Un entorno urbano que subrayaría el carácter moderno de Tashkent. Aunque no lo visitasen nunca, los tashkentís reconocerían que aquel edificio representaba un logro de la arquitectura nacional soviética y que cumplía un papel muy importante en la vida cultural uzbeca de postguerra.

Nacimiento de la arquitectura “nacional” uzbeca

Según el primer proyecto el teatro iba a tener capacidad para 2500 espectadores, aunque durante la guerra el diseño se modificó hasta conformarse con unas dimensiones más modestas. La construcción comenzó en 1940, se paralizó en 1943 a causa de la conflicto y recibió el impulso definitivo entre 1945 y 1947.

El teatro seis años después de su inauguración
El teatro seis años después de su inauguración

Su arquitecto jefe, Alekséi Shchúsev, recibió por este teatro el premio Stalin, y en su momento fue considerado por ello el padre de la arquitectura nacional uzbeca, a pesar de ser moldavo. Cierto es que tampoco importaba mucho, pues a lo largo de los años Shchúsev se había especializado en ser padre de diversas arquitecturas nacionales de lo más variopinto. Suyos son, en Moscú, el edificio de la NKVD (la futura KGB), la estación de metro Komsomol y el hotel Moscú; en Leningrado firmó el observatorio Pulkovskaia; la Academia de las Ciencias de Kazajistán en Almaty, el Instituto Karl Marx de Tiblisi, y también le dio tiempo a ser profeta en su tierra, participando en el diseño de la estación de tren de Chisinau.

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Academia de las Ciencias de la RSS de Kazajistán, en Almaty

Del teatro Navoi se elogiaron sus formas clásicas, sus columnas frontales y laterales con arcos triunfales de medio punto, y el empleo de materiales locales, como el mármol de la base de las columnas, y los ladrillos amarillos fabricados en Uzbekistán por primera vez de forma industrial. Pero sobre todo se celebraron las seis salas que en su interior representaban las regiones con que por aquel entonces contaba la República Socialista de Uzbekistán: Tashkent, Samarcanda, Bujará, Corasmia, Fergana y Termez. Para su ejecución se empleó a los más reputados artesanos de cada zona, quienes pusieron en práctica las técnicas decorativas más características de sus respectivas regiones. Por ejemplo la sala de Bujará, diseñada por el maestro Shirin Muradov presenta unos delicados grabados en escayola y la sala de Corasmia (Jiva) cuenta con sus inconfundibles paneles de madera tallados.

Alekséi Shchúsev durante la construcción del teatro
Alekséi Shchúsev durante la construcción del teatro (fuente tashkent-info)

En la sala principal, unos grandes frescos de Chingiz Ahmarov ilustran poemas selectos de Alisher Navoi, y del techo pende amenazadora una araña de cristal de más de tres toneladas de peso.

Los miembros de la Unión de Arquitectos, tan críticos con otros proyectos, lo consideraron un éxito de la planificación soviética uzbeca. Según Vladimir Babievskii, prominente arquitecto de la época, el teatro representaba la “asimilación efectiva de la arquitectura tradicional uzbeca y la nueva construcción soviética”. Es decir, se había cumplido la máxima “nacional en la forma y socialista en el contenido”, que se supone debía inspirar la arquitectura a lo largo de toda la Unión, superando al viejo constructivismo de los primeros años de la URSS.

Algunas críticas

Pero aunque nos parezca extraño, en la férrea URSS tardo-estaliniana no todo era adhesión entusiasta. El gran teatro ganador del premio Stalin fue objeto de críticas por parte de prestigiosos arquitectos, como Veronika Voronina o Iakov Kornfeld, que se despacharon a gusto en las páginas de las principales revistas de arquitectura. Se le reprochaba su carácter “demasiado nacional”, sobre todo en el interior, donde la decoración dependía exclusivamente de elementos tradicionales uzbecos. Se criticaron también sus cuatro chapiteles rematados en cúpulas que recordaban demasiado a pequeños minaretes.

El maestro Shirin Muradov (fuente tashkent-info)
El maestro Shirin Muradov (fuente tashkent-info)

Voronina censuraba además la escasa monumentalidad del conjunto, y lamentaba que el teatro careciese de estatuas, falta que consideraba una sospechosa concesión a los “dogmas muertos del islam”. En su opinión la inclusión de esculturas con formas humanas habría servido de necesaria agitación.

Otros observadores más recientes no han sido tampoco muy benévolos. Colin Thubron destacó su “fachada sin encanto” y lamentó la desnaturalización de los motivos islámicos.

Prisioneros de guerra

Lo que pocos parecieron lamentar es el hecho de que el teatro fuese construido no sólo gracias a los artesanos uzbecos y a los albañiles rusos, sino también al trabajo esclavo de cientos de prisioneros de guerra japoneses, ex-combatientes del ejército de Kwantung, algunos de los cuales no tuvieron ocasión de regresar a su país y fallecieron en tierras uzbecas. Como gesto de reconciliación el primer ministro Shinzo Abe fue invitado a la nueva inauguración del teatro en 2015, y está prevista entre ambos países una futura colaboración en materia operística.

Repertorio variado    

El repertorio del teatro Alisher Navoi presenta una gran variedad de obras clásicas europeas y uzbecas, tanto de ópera como de ballet. En ópera Donizetti y Verdi se codean con Rustam Abdullayev y Tuhtasin Jalilov; y en ballet el Don Quijote de Minkus va mano a mano con el Amuleto de amor de Mukhtar Ashrafi. Esta misma semana por ejemplo los espectadores podrán disfrutar entre otras representaciones, del Lago de los cisnes, La Traviata y el Tahir y Zuhra de Jalilov. El Gran Teatro Alisher Navoi ha terminado siendo mestizo en la forma y en el contenido.

Fotos de gabt.uz

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Desde la ciudad de piedra

Para muchos visitantes europeos Tashkent es tan sólo una parada insustancial en el emocionante camino que los ha de conducir a Samarcanda, Jiva y a Bujará, las verdaderas joyas del Uzbekistán. Algunos de quienes logran superar el trauma de su aeropuerto oscuro y antipático se marchan de Tashkent con la impresión de que la ciudad es una capital insípida que no ofrece gran cosa al viajero: amplias avenidas, un mercado central colorido y bullicioso (como lo son todos en esta parte del mundo), y alguna que otra plaza monumental por la que parece que en cualquier momento se verá asomar una ceja de Leónidas Brezhnev, pero poco más.

Cuando llegué por primera vez a Tashkent hace más de dos años, junto a los ocho o nueve pares de mudas y a los dos kilos de chorizos de mi tierra, traía también en mi maleta esa opinión en forma de prejuicio: iba a vivir en una capital sin duda áspera y anodina, una megaurbe plomiza, desalmada. Acababa de pasar dos años en Estambul, ciudad a la que he dedicado bastantes entradas de mi otro blog, y por supuesto estaba convencido de que Tashkent no iba a resistir ni la más ligera comparación.

Me ha costado más de dos años desprenderme del todo de esa idea. A ello han contribuido sin duda los largos paseos que empecé a dar por toda la geografía tashkentí en las horas muertas: desde los mahalla más apartados hasta los (a veces falsos) mármoles del deslumbrante centro post-soviético. En ellos he ido descubriendo parques recónditos, concurridos santuarios, mezquitas abandonadas, museos diminutos y estrafalarios, mosaicos desconcertantes, y muchas otras sorpresas que me han hecho llegar a la conclusión de que Tashkent es una gran capital digna de mayor atención. Y han contribuido también a ello algunas lecturas sabrosas e ilustrativas: Paul Stronski, Philipp Meuser, Ella Maillart, la Enciclopedia de Tashkent… de los que espero hablar más adelante en este blog.

Y es que no todas las ciudades del mundo pueden preciarse de tener más de dos milenios de antigüedad, ni de haber sido a lo largo de la historia parte de los imperios persa, ruso, árabe, chino, turco, mongol y de alguno otro más de nombre impronunciable. Una ciudad que perteneció a tantas civilizaciones diferentes, y que consiguió ser insignificante para casi todas ellas. Probablemente la única ciudad que nadie ha osado nunca llamar “la París del Este”, ni la París de ningún sitio, aunque hubo quien intentó que fuese algo parecido a “la Moscú del Este”, embajadora del disciplinado mundo ruso-soviético en lo que se veía como un Oriente confuso y obsoleto. En los primeros años tras la delimitación soviética de Asia Central, Tashkent perdió su capitalidad en favor de la histórica Samarcanda, y a punto estuvo de convertirse en capital… ¡de Kazajistán! Una ciudad así no puede ser en absoluto convencional.

Los dos últimos factores que han terminado de abrirme los ojos a la belleza de Tashkent han sido, por una parte, el excéntrico humor tashkentí de mi amigo y compañero Rafa, probablemente el hispanohablante que mejor conoce la ciudad (y que es quien debería estar escribiendo este blog); y por otra el descubrimiento de la página Walking Almaty, dedicada a una ciudad hermana en la que también viví algún tiempo, y que me ha enseñado a “leer” correctamente muchos párrafos sueltos de este extraño pergamino que es Tashkent.

La toponimia de Uzbekistán me resulta escurridiza y un poco burlona: llaman mar a toda una región que es puro desierto, valle a una gran pradera en la que puedes cabalgar horas y horas sin ver nada ni remotamente parecido a una montaña, y su capital Tashkent, que en uzbeco significa “ciudad de piedra”, está hecha de puro ladrillo y hormigón. Desde esta ciudad de piedra que no lo es, me gustaría mostrar, en la medida que pueda, los atractivos, y también espero los insólitos recovecos, de una capital, un país y una región (en ese orden) que estoy convencido de que merecen más reconocimiento y consideración. Y la mía sospecho que será una mirada estupefacta, la mirada de un extranjero desconcertado que a pesar de los años apenas alcanza a entender determinadas situaciones y fenómenos (para lo cual no ayuda nada, lo admito, que mi conocimiento del uzbeco y del ruso siga después de tanto tiempo rozando lo lamentable). Espero que estas páginas que escribiré me sirvan también para comprender y conocer un poco mejor la ciudad en la que vivo, y que se vayan deslizando en ellas, en la medida de lo posible, algunos trazos de la vida cotidiana en este país tan singular.